El juego de la Democracia


Había una vez, en un lejano país, un rey bueno que respetaba la tradición y honraba a sus ancestros.

El buen rey casó con una buena mujer de la aldea y juntos formaron una buena familia, primero llegó al mundo Felicidad, después llegó Mercedes y, a la tercera la llamaron Linda… cada vez que eran bendecidos con un nuevo retoño mayor era su felicidad.
Un día, a principios de otoño, llegó a sus vidas Benjamín, que como sus hermanas hizo muy feliz a sus padres con su nacimiento.

Cada hijo del rey tenía un don que lo hacía especial, como todos los niños del mundo, Felicidad era una niña responsable e inteligente, Mercedes amable y culta, Linda astuta e infatigable, y el pequeño Benjamín era sensato y justo. No es de extrañar que el buen rey y su buena reina se sintieran satisfechos y orgullosos de todos ellos.

Un día el buen rey mandó llamar a los nobles de todo el reino, debía consultar con ellos el tema de la sucesión al trono. El rey bien sabía que, por tradición, debía ser Benjamín el elegido, pero no le parecía justo que, simplemente por haber nacido varón tuviera más derechos que el resto de sus hermanas.

Llegaron a la corte, de todos los puntos del reino, los nobles y sus séquitos, y llenaron las calles de gentes y color, los reyes por su parte, y para agradecer las molestias, celebraron tres días de fiestas en su honor, y todos los habitantes del reino disfrutaron de lo lindo.

Terminados los días de agasajo, llamó el rey a los nobles a consultas y sin más preámbulo les preguntó qué podía hacer con su sucesión.

Hubo tantas opciones como nobles en la sala, cada noble defendía su postura con argumentos razonables, debe ser la hermana mayor, puesto que es ella la primogénita y su formación es la adecuada, no, ha de ser Benjamín, puesto que la tradición dicta que sea el mayor de los varones el que herede el trono, no, ha de ser Linda, pues su inteligencia privilegiada hará que prospere el reino, no, mejor Mercedes porque…

Días después no llegaban a un acuerdo que satisficiere a todos, así que el rey seguía sin saber qué hacer, una noche, mientras se lavaba los dientes, se le ocurrió una idea, puesto que alguno de sus hijos debía gobernar sobre sus súbditos, dejaría en manos de estos la decisión de cuál sería elegido.

Mandó a sus hijos a visitar todas las ciudades del reino, para explicar a los ciudadanos que sería lo que harían si fueran reyes, y así lo hicieron. Tomaron contacto con la gente, hablaron con ellos y conocieron sus necesidades, vieron el país por primera vez, puesto que antes no habían salido de palacio y aprendieron que no eran los súbditos los que debían estar al servicio del rey, sino todo lo contrario, que eran ellos los que tenían la responsabilidad de trabajar duro para que a sus súbditos no les faltara prosperidad y paz.

Transcurridos unos meses, regresaron todos a palacio y contaron a los reyes y sus hermanos la experiencia vivida y lo que habían aprendido. Los hijos reportaron que había gente muy preparada e inteligente que podría hacer las cosas tan bien o mejor que ellos y que se habían tomado la libertad de invitarlos a formar parte de los candidatos.

El rey mandó hacer unas cajas de madera a las que llamó urnas y las envío a todas las ciudades y pueblos del reino. A la imprenta real le encargó que hiciera muchas hojas con el nombre de cada uno de los candidatos, y las llamó papeletas, por último fijó una fecha para que todos los habitantes del reino fueran a meter una papeleta en la urna con el nombre del candidato que creía que mejor representaría sus intereses. También decidió el rey hacer esta consulta cada cuatro años, para ir adaptándose a los cambios.

Al poco tiempo celebraron las consultas, a lo que llamaron elecciones, y os estaréis preguntando quién ganó…pues ganó el pueblo.

5 pensamientos en “El juego de la Democracia

Deja un comentario