La adolescencia

Enamorada

Desde que las hormonas de nuestros hijos empiezan a despertar a los 12 años, hasta que se instauran de forma definitiva a los 18, se desarrolla el periodo que los padres mas tememos, la adolescencia.

A la adolescencia se asocian cambios físicos y también psicológicos, por un lado ellos se creen ya adultos, por otra, nosotros los seguimos viendo como niños, hay que equilibrar esa balanza y no siempre es fácil.

Uno de los cambios más importantes, fuertemente relacionado con las hormonas, es como ven los adolescentes las relaciones de pareja, llamémoslo amor.

Las novelas románticas, las películas…claramente enfocadas a estas edades, fomentan un tipo de amor idílico, que en realidad no existe, o sería enfermizo en unas relaciones adultas. Es un amor intenso, dependiente, doloroso, eterno, desesperado. Cuando maduren se darán cuenta que aquello que sintió como una explosión al ver al chico más guapo de la clase quitarse el flequillo a un golpe de cabeza, no fue amor, sino un calentón hormonal.

A estos sentimientos hay que sumarle que ahora empezarán a cuestionar todas aquellas normas que han guiado sus vidas hasta este momento y la importancia que cobrará el grupo de amigos en detrimento del grupo familiar.

Como estamos viendo por los ingredientes, estamos haciendo un coctel explosivo.

Ahora nos toca estar atentos ante comportamientos desviados, como confundir celos con amor, cuando una chica piensa que si su chico no se pone celoso al verla hablar con otro, es que no la quiere. De este comportamiento a empezar a decirle como vestir, con quien hablar…solo hay un paso. Si vemos estos comportamientos tendremos que ir con mucho tacto, puesto que igual nuestras palabras consiguen todo lo contrario que lo que buscamos, nada de prohibirle ver a ese chico, puesto que se aferrará más a “el mundo está en nuestra contra”. Predicar con el ejemplo me parece más acertado, que tengan en nosotros un referente de lo que harían igual o lo que cambiarían, pero no una vampira o mujer loba.

Lo más importante es no romper esos puentes de comunicación que ellos, algunas veces, se empeñan en dinamitar. La paciencia es fundamental, porque aunque ellos no  lo puedan imaginar, esa etapa pasará y volverán a centrarse en los estudios o en sus trabajos… No hay mal que cien años dure.

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